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Rasgar de do menor.

Escúchalo en audiorelato.

Somos exploradores herejes. 
Ya nadie nos cree.
Y entre los arrabales, donde no existe el llanto absurdo, donde no hay mota de polvo sin camino, cargamos una guitarra a la espalda, como si fuera un saco, y dentro guardamos trozos de papel mojados, que estropean la madera, que distorsionan el sonido. 
En medio de todas las chabolas, las sombras se esconden a nuestro paso, y miran a través de las ventanas ¿Seremos o no parte de ellos? Esnifan entre persianas, entre las luces que se cuelan por las persianas, trozos de tiza con la que, en otros lugares, lejos de aquí y de ahora, enseñan. 
Ay, niña. Entre los arrabales no hay sitio para la música preconcebida y formal, no hay sitio para la quietud. Siempre se esconde en el paraje la agonía de una piel oscura, de un rostro deformado, la calamidad de todas las cosas silenciosas que deberían decirse. 
Caminamos en sandalias, o en pies delcazos, cuando el calor, y vemos tantas cosas... por eso somos exploradores, y por eso somos herejes. Porque lo que hemos contemplado en nuestro camino, está tan lejos de lo que contemplan los otros, que la realidad termina convirtiéndose en un cuento de hadas, en una historia de locos.

A lo mejor ser soñador es ser iluso. Mejor ser iluso que conformista.

Música.

¿Qué estamos haciendo con el mundo?
Quisiera creer que las cosas va a mejor. Que el sudor de la frente de tanta gente, que levantarse del asiento, son acciones que en algún momento mereceran la pena.
Escribir esto aquí no sirve de nada. Ya lo sé. Nada de lo que yo haga va a servir de nada, porque no tengo la fuerza suficiente, de manera individual, como para cambiar nada. 
Pero no por eso voy a parar. No por eso voy a rendirme. Hace muchos años, en el colegio, vi un documental sobre el calentamiento global. No sé cuantos años tendría. Ocho quizás. Le dije a un par de compañeros de clase; hagamos algo. Vamos a poner carteles por las calles, vamos a intentar protestar. Todos dijeron que no serviría de nada, porque solo teníamos ocho años, y nadie hace caso a los niños de ocho años. Y es verdad. Pero que importan la verdad, la razón, la posibilidad, cuando se tienen las ganas de un soñador. 
No puedo dejarme arrastrar por la idea de que no voy a servir de nada, porque entonces sería como dejarme morir. Y si algo es la vida, es una lucha contra la muerte. Hay que vivir luchando. Porque si no luchas, si no tienes esperanza, habrás desaparecido del mundo antes de empezar.
Nunca pierdas la esperanza de cambiar al mundo porque se puede.
Te juro que se puede.

La tinta con la que escribo es mi pasión, porque no tengo otra cosa.

He perdido la fe en el mundo con dieciocho años. 
Y es triste de decir. Pero es así. 
No quiero sonar dramática. Ni siquiera sé si esto se puede considerar un relato. Si esto lo va a leer alguien. Ya sé que mi opinión no va a cambiar nada, pero me siento tan impotente que este es el único medio que tengo de expresarme. 
Hace meses tenía fe. Fe en la gente. Ahora sé que nadie se va a levantar por nada. Ocurre que de repente te das cuenta con una lucidez absoluta del mundo. Es terrible esa visión. Terrible. Y cuando la tienes. No sé como explicarlo. Es como perder la esperanza.
Yo. De verdad. Quiero cambiar el mundo. A lo mejor soy una ilusa. Quiero influir en las personas con mi obra, con mi denuncia, quiero emocionar, hacer reflexionar, intentando construir algo mejor o, al menos, más sabio. 
Pero a nadie le importa ya. A nadie le importa que el mundo vaya bien, porque nadie siquiera se plantea lo que puede ocurrir o haber más allá de sus narices. Hemos creado un mundo de alienación, donde cada día perdemos más humanidad, donde ya las noticias no nos importan, no nos conmueven, no nos hacen llorar. Y en nuestra humanidad somos capaces de soportar una inhumanidad absoluta.
El trabajo es recompensado con burla. Los que intentamos sacarnos una carrera, los que luchamos por el futuro, nos damos de bruces con una sociedad que nos escupe a la cara. "Una juventud sin futuro" "Estudias para trabajar en el McDonald" "Buen viaje a Alemania". ¿Cómo pretenden que vivamos así? ¿Cómo pretenden que sigamos luchando por nuestros sueños, por nuestras vidas, cuando a cada paso que damos nos dan una patada que nos hace retroceder dos?
No sé para qué escribo esto. De verdad que no lo sé. Pero tengo que hacerlo. 
Charles Chaplin hizo un discurso en su película el Gran Dictador. En su momento me emocioné con sus palabras. Ahora veo que son solo una utopía. Toda esa gente que ha luchado ¿qué han cambiado? Valle Inclán, George Orwell, Kafka, Clara Campoamor, Mario Benedetti, Saramago, Antonio Machado, Unamuno, Arthur C. Clarke. 
Que importan ya, si todos están muertos. Si la mayoría de la gente no los conocen, y sus palabras, sus alientos de esperanza, se han ahogado en los problemas del mundo. Que importa la cultura cuando vale más el dinero que la palabra, el odio antes que la amistad. Cuando preferimos sentarnos delante de un televisor a ver como la gente se lincha antes que encojernos el corazón con un buen libro. 
He perdido la fe en el mundo con dieciocho años.
Es una pena. 

A quién le importa, joder.

Todos los días me levanto y me preguntó en qué me diferencio de los demás. Los seres humanos tendemos a sentirnos diferentes por naturaleza. Creemos que nuestras ideas son diferentes a las del resto, que son únicas, que somos únicos.
¿Hasta que punto es cierta esta afirmación? ¿Hasta qué punto no existe alguien con el mismo don que tú, en algo en lo que te consideras el mejor? ¿Hasta que punto importa la belleza, cuando hay tanta? ¿Hasta que punto importa la inteligencia, la excentricidad, si hay miles de personas iguales de inteligentes que tú, iguales de raros que tú, que te superan en todo, que llegan más alto que tú, que viven más, sueñan más, rien más, lloran más? 
¿Hasta que punto importa el propio individio, la personalidad? Lo seres humanos nos empeñamos en desarrollar toda una complejidad de emociones y de relaciones, que nos alimentan, pero a la vez no alimentan nada en concreto. Hay miles de mensaje de esfuerzo, de esperanza, mensajes que te impiden hundirte en la miseria, pero ¿a quién le importa que te hundas en la miseria? Dentro de cien años, cuando te mueras, cuando todos los que te conocieron esten muertos, habrás llorado para nada, te habrás reprimido para nada, y dejarás de existir como si nunca hubieses nacido. 
¿Por qué estamos aquí, entonces? ¿Por qué somos todos iguales y nacemos y morimos igual, creyendonos únicos en nuestro recorrido? 
Y que importas tú, que importa tu familia, tu país, tus ideales, tus sueños, la Tierra. Qué importamos siendo tan finitos, tan vulnerables, tan cortos en comparación con la inmensidad del Universo, con su inabarcable fin. 

Qué importamos. 
Y a quién.
(Maldito existencialismo).

Para qué poner títulos a cosas que nadie lee.


¿Qué es la vida?
A veces pienso en ella como en un torbellino de sensaciones. Quiero aspirar cada uno de sus aromas y fundirme en su aire. La disfruto a cada segundo, me parece un motor incansable de felicidad, la única forma de ir hacia adelante.
Otras, la vida es algo incontenible, que explota. Un abismo insalvable en el que en algún momento se ha de caer, y se estrella uno en él sin medida, sin seguridad, sin tiempo para agarrarse a las paredes.
En ese abismo no hay final, pero al mismo tiempo es el final para todos. Y la vida es el abismo pero también es el cielo y tienes que tener cuidado porque no se sabe muy bien cuando empieza uno y termina el otro.
O si no empiezan ni terminan ¿por qué cuando empieza y termina la vida? ¿Es cuando nacemos y morimos de manera física, o es cuando lo hacemos de manera mental, en el cerebro de otros?

No entiendo porque me hago preguntas,
porque al final,
termino formulando aún más
y me explota la cabeza.
¡PUM!

Molinos de viento.

Es como
tener un zoologico en el estómago y un mar en los ojos. 
Y no sé lo que le pasa a mi cuerpo que se encuentra en estado constante de paz. Dicen que la felicidad es difícil de encontrar pero estas sensaciones que se me acumulan en cada fibra de la piel son plenas. 
Después de muchos años de lucha, después de muchos años de estar mal, haciendo cosas que odiaba, con gente que odiaba, me he encontrado. He empezado a descubrirme y tengo que decirlo: me gusta. Me gusta quien soy un como soy y lo que puedo llegar a ser. Y sobre todo me gusta que tú estés aquí. Conmigo. Me gusta saber que aún nos queda tanto por vivir que se nos va a quedar el tiempo corto, que pese a todo lo que llevo contigo no me canso de ningún centímetro de ti.
Y si pudiese apostar contra los males de la vida, lo haría. Lo haría si sé que estais tú y todas las personas a las que quiero detrás, porque por vosotros,
por vosotros derrotaría a todos los molinos del viento del mundo.

En acrílicos.

Dos personas discutiendo al fondo de la calle, estáticas en el cuerpo y dinámicas en los gestos de las manos, mientras el resto del mundo pasa esquivándolas. Un coche rojo situado en medio de una fila de coches blancos. Una mujer pálida y estirada, vestida de negro. El sol recortando la silueta de una estatua que señala al cielo. Un montón de ventanas iguales y, de repente, una señora asomada a una de ellas fumándose un cigarro. 
En cada esquina la luz da de una manera diferente y los árboles se tuercen hacia donde el viento sopla. En cada esquina está el color, el sonido, la perspectiva y el contraste.
El mundo es arte y, si quieres
puedes tapar la rutina de un brochazo.


Zumbidos.

Tengo el cuerpo inundado de sueños y no sé como sacármelos. Me oprimen entre las tripas y el corazón, justo en el espacio donde deberían ubicarse los sentimientos. Las neuronas han dejado de funcionar y se hallan en estado de inconsciencia. Han decidido dejarme a la deriva en medio del mundo, porque el problema colapsó hasta el último rincón de mi cerebro. Ya no sé si estoy en La Tierra o en Marte. Noto el planeta girar y a mí por poco cabeza abajo. Los sueños también giran y aparecen revueltos y mezclados, tanto que se confunden y no los sé diferenciar.

Voy a explotar
y noto la sangre
corriendo
demasiado rápido
por mis venas.

Seamos, por favor.



Vamos a alzar el vuelo y a irnos lejos de aquí,
donde el aire sea palpable y la luna atrapable.
Vamos a alzar el vuelo y a soñar que estamos
rodeados de personas mejores de calles mejores
de labios color carmín que nos sonríen
con un espacio ínfimo entre los dientes.
Y vamos a alzar el vuelo y a escarbar
dentro de la tierra hasta encontrar el núcleo
y darle la vuelta para que las cosas
no parezcan tan frías como en la realidad.
Y vamos a llenarnos las manos de tierra
a rompernos las uñas enterrando los dedos
en sacos de arena que hemos recogido
de una playa que ha desaparecido debajo del mar.
Vamos a cerrar los ojos
y a desnudarnos con la mirada
en medio de este mundo lleno de gente
que oculta lo que es con máscaras.
Vamos a bailar en medio de la calle
sin música sin pasos sin premeditación
solo oyéndonos el uno al otro
los latidos del corazón.

Tú y yo vamos a hacer (a ser) tantas cosas
que el mundo correrá más
que el conejo de Alicia en el País de las Maravillas
y lo perderemos de vista.

El lugar donde falta el oxígeno.

Abrió el compartimento de la nave, estrellas titilando sobre sus ojos. El corazón (boom boom en el pecho) estaba a punto de salírsele del cuerpo. Oía los latidos con claridad en el silencio del inmenso universo. Echó un vistazo hacia abajo, sus pies sobre la negrura de lo incierto y su hogar a la altura del zapato. El mundo se veía tan pequeño y vulnerable desde aquella perspectiva...
Pensó en saltar y dejarse flotar lejos, lejos para que no pudiesen encontrarlo.

Carreteras hacia tu boca.

Cogen el 600 de George y viajan por las carreteras sin un rumbo fijo. Sara, en el asiento de atrás, se ve reflejada en el espejo retrovisor. Tiene los labios pintados de rojo y unos ojos tan azules como el mismísimo mar. "Vayamos a un lugar lejos de aquí y no regresemos jamás" dice entre susurros, y su voz se mezcla con el solo de guitarra que sale de la radio. George le da la mano. Conduce con la otra. En los labios tiene un cigarro apagado hace más de media hora y que le ha llenado los pulmones de cáncer mortal. 
Pararán en la próxima estación de metro, harán el amor en un motel, tomarán palomitas y café y luego regresarán a casa con los pelos despeinados, la ropa puesta del revés y marcas de besos en el cuello. 

Los habitantes de Saturno.

Conozco a un tipo que es de Saturno. Aterrizó en mi jardín hace varias semanas, en una nave espacial igual a la de las películas, y me saludó con un "Buenos días, terrícola". Charlamos durante horas en las hamacas, con una limonada en los dedos, y me estuvo contando cosas de por allí.
Dice que en Saturno todo el mundo se lleva bien, se ayudan entre ellos, y las cosas se pagan con abrazos. Dice que no hay guerras, porque los problemas se solucionan con palabras, y que no entiende como los humanos podemos seguir vivos después de matarnos. "Sois peculiares, los terrestres. La única especie que acaba consigo misma por codicia". Dice que a través de los anillos de Saturno viaja la felicidad, y que si quieres cogerla tienes que perseguirla a través de los meteoritos. ¿Por qué no nos unimos a los habitantes de Saturno e intentamos atraparla?

Os he traído un relato un poco peculiar que espero que os guste. Sé que no me paso 
por los blogs, pero leo la mayoría de las entradas. Por último os digo: Por  favor,
que este mundo roto no estropee vuestras ganas de vivir ni de soñar. Siempre 
queda felicidad, aunque esté en los anillo de Saturno, y no aquí.

El viento de París.

Desde pequeño había soñado con viajar. Recorrer un millón de continentes, visitar todos los museos del mundo, todos los monumentos, admirar la Torre Eiffel desde abajo, dar vueltas sobre sí mismo, cerrar los ojos y disfrutar del viento de París. Se imaginaba en Nueva York, rodeado de altos edificios que le hacían cosquillas al cielo y conseguían que riera, subiendo en ascensor, con las manos pegadas al cristal y el vaho en el vidrio, el mundo a su alrededor quedándose pequeño, pequeño, muy pequeño.
Soñaba con agarrarse a las alas de un avión y hacer surf entre las nubes, con andar con zuecos y hablar mil idiomas. Enamorarse de una italiana, y pasear en góndola cantando una buena canción, mientras ella lanzaba carcajada que se perdían entre Abril y Septiembre.
Y despertó, y las nubes, aviones, torres y góndolas desaparecieron por la ventana.
(Adiós).

El niño de Júpiter.

El niño de Júpiter olía a menta y tenía mucho imaginación. Llegó como llegan los mejores, con una sonrisa en la cara y un poco de hollín en las mejillas. Cuando aterrizó en el parque, bajó de su nave espacial como un héroe, pero no vio a nadie que fuera a recibirlo. El niño de Júpiter vagó durante horas por las calles desiertas de la ciudad, tocó los árboles desnudos, la hierba al pie de la escalera de metal y la bombilla de una farola que daba calor. Y cuando estaba a punto de darse por vencido, vio al final de los adoquines unos ojos tan intensos que se removió todo su interior. Quiso acercarse a ellos, explorar la cuenca de aquellos iris chocolate, pero empezó a llover, parpadeó y, cuando quiso darse cuenta, ya no estaban.
Desde entonces, El niño de Júpiter ha buscado por todos los países, los planetas y las estrellas que ha podido, pero no ha vuelto a encontrarlos.

Yusuff soñaba con ser aviador.

De pequeños, todos hemos abierto los brazos cuan largo eran y hemos corrido por la acera fingiendo ser aviones. Hacíamos sonidos con la boca, imitando el motor del aparato, algo así como bruuuuuuun, bruuuuuun, y entonces hasta los mayores se asustaban. Por supuesto, Yusuff no era un excepción. 
En uno de sus viajes, su padre le había comprado un gorro de aviador que llevaba puesto a todas horas y tenía color carmín, aunque del uso había empezado a desgastarse y ahora parecía cuero de oveja. Muchas veces había soñado con surcar los cielos y atravesar las nubes, que debían de saber a azúcar y a chocolate, pero siempre despertaba y estaba con los pies bien pegados a la tierra. A Yusuff aquello le fastidiaba. Miraba el azul sobre él y envidiaba a los pájaros, con aquellas grandes alas que los hacían planear sobre el aire. En esos momentos de desesperación, arrugaba la nariz, corría hacia su casa con la bufanda de su abuela arrastrada tras él, y se encajaba el casco en la cabeza mientras subía por los muebles y se colgaba de la lámpara. 
Y si cerraba los ojos, volaba sobre la arena del desierto, sobre el mar embravecido y sobre las torres altas que daban las doce en París. (Como un verdadero piloto de sueños).

Nadie puede vivir para olvidar.


Inspirándome en las notas musicales
un microrrelato crítica al cambio climático.

Notó el rocío en la punta de sus dedos, las hojas verdes y húmedas haciendo caricias en la palma de ambas manos, y después un largo y prolongado suspiro de desesperación y angustia. Y fue allí, él un mero espectador, cuando las rosas del paisaje empezaron a pudrirse y se les marchitó hasta el corazón. Desde lo hondo, el planeta se estremecía. Quiso lanzar un grito de auxilio para salvar aquello que se extendía a su alrededor, pero llegaron y lo talaron todo, y lo quemaron todo, y lo pudrieron todo, y seres como él se llevaron los árboles que le hacían respirar y el oxígeno se le fue acabando lentamente. Allá en el río, los peces salían a la superficie muertos y agonizaban como él en busca de algo de vida, hasta que ya no quedó nada y la cuenca de los ojos se les quedó tan vacía que no pudieron ni llorar.

En tu mundo de historias rotas.

En tu mundo de historias rotas los árboles andan, porque saben que si se quedan quietos caducarán. En tu mundo de historias rotas los corazones no susurran, gritan. En tu mundo de historias rotas hay catorce millones de primaveras y solo quince veranos. En tu mundo de historias rotas los relojes se pararon hace tanto tiempo que ya son algo de la prehistoria. En tu mundo de historias rotas quedan galletas de mantequilla que no engordan, bufandas que no abrigan y gafas que sirven para ocultar las pupilas. 
¡Ay, en tu mundo de historias rotas! Quedan tantas verdades y tan pocas mentiras... 

Arriésgate.

Vamos, ven junto a mí y arriésgate. Complica las cosas. 
Pídeme algo con la mirada, que seguro que lo entiendo mejor que con palabras. Sonríe aunque no tengas motivos, irradia alegría, irradia felicidad, aléjate de lo que duele, porque es mejor andar solo que mal acompañado. Deja de pelear, las heridas solo causan fealdad. Canta en la ducha aunque lo hagas fatal, aunque se quejen los vecinos. Salta alto, tan alto que las estrellas sean algo fácil de alcanzar. Vive, que si el mundo gira es para que podamos avanzar y baila, sobre todo baila aunque no sepas donde, porque si no encontramos espacio siempre podemos inventarlo. 

Recuerdo la nieve pura y blanca.

No recuerdo el momento exacto en el que Caleb dejó de sonreír. Por mi mente sólo se dignan a aparecer imágenes sueltas, esas que se quedan grabadas ahí y no son capaces de irse [...]. En mi caso, la imagen es un día de nieve, ni tan siquiera una mota de suciedad en el ambiente. Los abetos, las casas, el río congelado, la hierba de la pasarela, el puente, las carreteras, el puesto de Holly y los jardines. Sí. La imagen que se quedó grabada en mi mente fue un día de nieve blanca, limpia, perfecta y pura. Ella y la sombra de alguien en medio de aquel mundo como si la ceniza se hubiese levantado, creando una figura humana.
Yo jugaba tranquilamente junto al puente. Formaba pequeños muñecos de nieve que después destrozaba con los guantes. No reparé en la figura hasta que se acercó a mí. La paz que sentía se fue de repente y huyó donde yo no fui capaz de alcanzarla. Alcé la cabeza, tiritando. Recuerdo los siguientes movimientos como fotografías: el hombre se agacha, sonríe de forma desmesurada, se quita el sombrero y me hace una pregunta [...] Sin responderle, me levanté costosamente y le indiqué el camino a casa. Apenas me di cuenta de que por la calle las personas se paraban, nos miraban y acto seguido cuchicheaban entre ellas. Poco después, muy poco, supe porque razón lo hacían. 
En casa, mamá cocinaba trozos de pollo en una cacerola oxidada. Cuando llegamos nos miró a ambos. Sus ojos verdes, aterrorizados, pasaron del hombre a mí y viceversa. Corrí a mi cuarto, llena de frío y, poco después, oí las voces. Las voces y los gritos. Aún hoy los oigo, el latido de mi corazón desenfrenado. Tardaron un rato en encontrarle. Le había dado tiempo a esconderse bien. Tardaron un rato, pero lo encontraron.
Nor no era mi padre, pero cuando desapareció tras la puerta sentí una punzada de dolor en el estómago, sentí como me escocían los ojos y poco después no pude ver más que siluetas, manchas de colores [...]
De ese día recuerdo la nieve blanca. El bien. Recuerdo como los niños hicieron muñecos de nieve aquella misma tarde, que días después el sol salió y lo derritió absolutamente todo, y el mundo volvió a ser de color. Recuerdo de ese día me quedé encerrada en casa, tumbada en la moqueta. Muerta. Vacía por dentro. Recuerdo que ese día lloré, lloré tanto que se me gastaron  las lágrimas y desde entonces nadie ha visto una en mi rostro. Recuerdo el rostro pétreo de mi madre, la mirada perdida de mi hermanastro y, por encima de todo, recuerdo aquel traje negro, aquel traje marchito, aquella mustia sonrisa que ahora no quiero más que olvidar.
Maldito Diciembre de 1934*. 

*desde 1933 hasta 1945 reinó en Alemania la ideología y el régimen nazi.

2009-2016. Todos los derechos reservados a Alicia Alina.