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1 nov. 2010

La chica del paraguas azul (7)

Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.
***


Se encontraba allí, tras la caja, acompañada por un tocadiscos antiguo del que salía música clásica que nadie querría escuchar. Max se acercó al mostrador temblando y carraspeó, intentando llamar la atención de ella y del hombre que, dado la vuelta, buscaba un detergente en la estantería. 
- Buenas-musitó, en voz baja y nervioso- buscaba algo de comer...
- Puedes comer muchas cosas-masculló el hombre, dándose la vuelta. Las arrugas surcaban su rostro y sus ojos verdes reflejaban cansancio. Rió de su propia gracia absurda- busca lo que quieras, muchacho, pero rápido, que hay clientes esperando. 
- Abuelo- la voz cantarina de la chica hizo que Max se estremeciera. Las palmas de la mano le empezaron a sudar- así vas a espantar a todos los clientes- sonrió- no sabes más que decir palabrotas y tratas a la gente como palos de fregona. Tú sigue que yo le atiendo. Sé lo quiere. 
El hombre la miró de soslayo y dirigió la vista hacia el siguiente cliente mascullando algo por lo bajo. Max se echó hacia la derecha para no molestar a los demás clientes. El pie seguía un ritmo invisible.
- Así que sabes lo que quiero ¿eh?- jugueteó, intentando que no se le notara el sonrojo. 
- Sí- fue precisa- sé que quieres un buen chocolate caliente, aquel del supermercado parece que no te hizo mucho efecto, aunque tal vez no lo encontraste. 
- No me lo tomé- se mordió el labio inferior. Al menos se había acordado. Intentaba encontrar las palabras exactas, pero cuanto más se esforzaba más en blanco se quedaba- Soy Max- se presentó, intentando sacar un tema de conversación.
- Yo soy Eva- le tendió la mano y él se la estrechó. Tenía la piel suave y lisa- encantada. Hay una cafetería cerca de aquí, allí ponen unos chocolates buenísimos. Yo aún no he merendado. 
- Yo tampoco ¿Me puedes decir dónde? Creo que es justo eso lo que necesito. 
- No hace falta, yo te acompaño. 
- ¿Tú me acompañas?- vaciló, aún sin creérselo. Aquello parecía un cuento de hadas- estupendo.
- Sí, estupendo. 
Definitivamente, se había enamorado de aquellos ojos verdes. 

I,II,III,IV,VIV

11 oct. 2010

#6- La chica del paraguas azul

¿Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.

***

- Corre y ve a buscarla, entonces. 
- Pero no la encontraré- replicó.
- Lo harás, seguro que lo harás...
Era así como había terminado. Ahora el paraguas para días fríos que llevaba le golpeaba la pierna. El hombre del tiempo había dicho que la lluvia no cesaría en toda la tarde, pero el cielo se mostraba azul y el sol hacía daño a los ojos. Max escuchó de nuevo la voz de Vicky en su cabeza "Lo harás, seguro que lo harás..." como si la capital fuera un lugar formado solo por dos personas ¡Había miles de ellas en la calle! Era peor que buscar una aguja en un pajar. 
- Vicky, tienes demasiados pájaros en la cabeza y, sobre todo, has leído demasiadas novelas rosas-murmuró. El viento fue el único que oyó sus palabras. 
Últimamente todo había ido cuesta arriba, las cosas se habían ido complicando. Max había cumplido la mayoría de edad hacía apenas un mes y la universidad le había pillado de sorpresa. Traslados, embalajes, libros y libros de miles de páginas, tardes de estudio... no quería ni pararse a pensar que era lo que le iba a venir encima este primer curso. Desde que tenía uso de razón la universidad había sido para él un miedo que no era capaz de quitarse de la cabeza. Era cierto que no le había costado demasiadas tardes sacar la selectividad, pero el corazón se le aceleraba cada vez que pensaba en noches a la luz del flexo, quedarse estudiando hasta las tantas de la madrugada. 
Era demasiado vago. 
El estómago del chico rugió, pidiéndole una merienda. Giró la cabeza hacia la derecha y se encontró con la tienda de los hermanos Williams, un pequeño almacén donde podías encontrar desde recambio para las fregonas hasta baterías para coches tele-dirigidos. Al abrir la puerta las campanillas sonaron y varios rostros  se giraron para ver quien entraba. 
Max los inspeccionó uno por uno en apenas varios segundos y después maldijo a Vicky por lo bajo. 




212 seguidores suena genial, gracias a todos.
Ya es Halloween en tres mariposas y media...

3 oct. 2010

#5- La chica del paraguas azul

"¿Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.

***

Vicky clavó sus ojos sobre él. Una sonrisa empezó a esbozarse en su rostro. 
- ¿Quién es? ¿Se fijó ella en ti o tú te fijaste en ella?
- No ocurrió nada. Ni yo me fijé en ella ni ella se fijó en mi. 
- Mientes. Tus ojos dicen lo contrario.
Max se dejó caer en el sofá, que lo acogió cual bebé en su cuna. Se quitó el chaquetón que le había protegido del frío de la mañana y lo dejó en el posa-brazos, a la espera de alguien que lo recogiese. El chico cerró los ojos y se pasó una mano por el pelo crespo y oscuro. No había forma de ocultar aquello que se había propuesto no contar. Notó como su mejor amiga se sentaba a su lado y le escrutaba. 
- ¿Y bien?- esperaba una respuesta, pero Max no estaba seguro de nada. 
- Yo buscaba el chocolate... fue muy ridículo. No lo encontraba y una chica de película se acercó a mí y me dijo donde estaba. Tenía una sonrisa, las palabras sonaban tan perfectas que, bueno, yo...
- Te quedaste embelesado, vamos. 
- Algo así, sí...
- Aún estás en estado de shock- rió Vicky, pegándole un pequeño empujón- definitavemente te has enamorado, chico. Sé lo que es sentir algo tan intenso por una persona. Es lo que me pasa a mí con Charl.
Max se tapó el rostro con sendas manos e intentó que su respiración volviera a la normalidad, pero no fue capaz. 
- Eso es absurdo. Todos sabemos que no existe el amor a primera vista. Además ella ni siquiera se fijó en mí. Debí de parecerle incluso ridículo. Lo tuyo con Charl no es lo mismo, lleváis juntos desde la infancia, él te quiere y tú le quieres, es mucho más fácil, es natural. Lo mío es absurdo. Seguramente no la vuelva a ver. 
- No seas tan negativo. 
- No soy negativo, soy objetivo, palabra que no encaja en tu definición.
- En mi definición no encaja ninguna palabra-sonrió Vicky- porque mi definición es inexacta. Completamente y perfectamente inexacta. 


Lee los microrrelatos anteriores a este para entenderlo bien... I,II,III,IV

Muchísimas gracias por los  5 premios que he recibido 
y que podéis ver ya. En la próxima entrada de tres 
mariposas y media diré como se hace para 
que no puedan copiar el texto.

21 sept. 2010

#4- La chica del paraguas azul

"¿Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.

***


Cerró la puerta tras de sí, intentando hacer el mínimo ruido posible. Aún así lo oyeron. 
Vicky era de esas mujeres que llevaban siempre un pañuelo rojo al cuello y una boina del mismo color, de esas que hacían que sus ojos oscuros y perfilados con rimel se agrandasen con las gafas de pastas. Tenía el pelo rizado, negro y una figura perfecta digna de cualquier modelo. Pero sin embargo nunca destacaba. Fue ella la que se dio cuenta de que Max había entrado. En aquellos momentos mordisqueaba la punta de un lápiz HB, intentando resolver un ejercicio de matemáticas emborronado. 
- Buenos días. 
- Buenos días- dejó la chaqueta en el perchero, de esos antiguos que solamente salen en las películas del oeste- he comprado azúcar, pensé que la necesitarías. 
Vicky se llevó una mano a la boca y sus uñas rojas brillaron con los fluorescentes del techo.
- Cierto, cierto, cierto muy cierto. Gracias por acordarte, a mí ni se me había pasado por la cabeza- se la arrebató de las manos y se sentó de nuevo en el taburete que había junto a la cocina americana, concentrándose de nuevo en su ejercicio- ¿y qué?
- ¿Y qué que?
- ¿Has conocido a alguna chica guapa? Seguro que te has cruzado alguna por la calle y se te ha quedado mirando... si yo no fuera quien soy, lo haría- le guiñó un ojo de forma inocente.
Max sintió como se le hacía un nudo en el estómago. Sabía que su mejor amiga se lo había dicho como una broma, porque últimamente ella y Charls no dejaban de decirle que se buscara novia. Sin embargo la imagen de aquella chica en la sección de chocolates y su corta conversación hizo que se le revolviera el estómago. 
- No, no he conocido a ninguna. 
Pero tuvo que apoyarse sobre la encimera. 
Y Vicky se dio cuenta. 

¿Has entendido lo que se dice poco? Eso es porque, tal vez, tienes que empezar por el principio.
I,  II, III...

13 sept. 2010

#3- La chica del paraguas azul

"¿Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.

***

El supermercado estaba a rebosar. Se oía el sonido de las cajas, el pipipi, de un teléfono, las voces distorsionadas que salían a través del megáfono. Una madre llamaba a su hijo desde la sección de cosmética y él, enfrascado en la de gominolas, no se molestaba en hacerle caso. 
- Azúcar también, eso no lo han apuntado- y cogiendo el bolígrafo azul del bolsillo derecho de la gabardina lo garabateó sobre la servilleta.
No tardó demasiado en perderse en la inmensidad del supermercado. A su alrededor se abrían miles de calles diferentes; dulces, ducha, verduras, carnes... ya no sabía donde se encontraba. Estuvo a punto de tirar unas latas de atún en exposición, colocadas cuidadosamente la una sobre la otra. La escalera aún pertenecía en su sitio y nadie la había quitado. 
- ¿Dónde esta el azúcar?- gritó, molesto. Nada más que le respondieron las palabras de alguien que pedía unas sardinas- después va la sal, el chocolate... ¡bien!- y se dio cuenta de que estaba en la sección correcta. Pero Vicky había escrito algo apresuradamente, algo que sonaba así como con leche y lacasitos, blanco- genial-bufó- aquí hay chocolate de todo tipo ¡No voy a ser capaz de encontrarlo!- justo entonces una voz le sobresaltó, haciendo que se diera la vuelta bruscamente.
- Bonita lista de la compra- una chica sonreía a su lado- el chocolate blanco con lacasitos está ahí, justo a tu derecha.
- Eso es imposible, yo ya he mira...-pero efectivamente allí estaba, envuelto en un papel con miles de colores- pero aquí no estaba, estoy seguro. 
- Los hombres... no sabéis buscar- y después de otra fugaz sonrisa desapareció tras una esquina.
Max intentó seguirla, pero la chica se había evaporado.
Como si jamás hubiese existido.

9 sept. 2010

#2- La chica del paraguas azul

"¿Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.
Brian apuntaba la lista de la compra en una servilleta arrugada y manchada de Ketchup. 
- Hace falta harina- exclamó entonces Vicky- para el pastel.
- ¡Tú no sabes hacer pasteles!- rió Charl, y se acomodó en el sofá, entre cojines recién comprados de miles de colores diferentes- un día intentaste freír un huevo frito y...
- Si sé.
- No sabes.
- ¡Qué si sé!
- No.
- Si.
Max apretó los dientes, como si aquello pudiera quitarle el dolor de cabeza que se cernía sobre él con fuerza. Se tapó la cara con uno de los cojines que Charl le había tirado a la chica e intentó que las palabras no llegaran a él, pero solo consiguió sumirse en una oscuridad absoluta. Bufó.
- Me voy a dar una vuelta. Quiero que me de el viento en la cara- murmuró mientras se levantaba bruscamente de la silla en la que se había sentado y cogía la muleta que había dejado apoyada junto a la lámpara- quiero un poco de tranquilidad- 
Salió de la habitación y buscó las llaves del piso alquilado entre los bolsillos de la chaqueta, colgada de cualquier forma en el perchero viejo y roído- ahora vuelvo, no me esperéis para comer, me llevaré dinero y me tomaré algo en un McDonald.
- Como tú quieras, tío. No creo que hoy fuéramos a tomarnos mucho. Si cocina esta... y de paso ve a comprar algo, anda, que en la cocina no hay ni un yogur natural.
El chico no esperó a que la discusión volviera a empezar de nuevo y cogió la servilleta. Se encaminó hacia la puerta y la cerró de un portazo. Bajó las escaleras y el eco le devolvió el sonido de sus pasos.



6 sept. 2010

#1- La chica del paraguas azul

"¿Quién es esa, la chica del paraguas azul?"
¿Cuales son sus sueños?
¿Qué es lo que oculta?
Cuando la realidad se convierte en irrealidad y los sueños en pesadillas aparece ella... y todo lo que conociste deja de existir.
Max parpadeó. Una, dos, tres veces. La oscuridad empezaba a desaparecer con algunos rayos de luz que se colaban por las persianas corridas. Intentó recordar el sueño de aquella noche, pero fue algo totalmente infructuoso, las imágenes que antes habían aparecido nítidas ahora se convertían en figuras borrosas e indefinidas que no podía ver. 
Escrutó a su alrededor y cayó en la cuenta de que no se encontraba en su habitación, sino en una estancia casi vacía y comida por el tiempo donde varias cajas cerradas y con palabras escritas a bolígrafo azul descansaban tranquilas. Se pasó una mano por el pelo, retirándoselo de la cara, mientras rememoraba lo ocurrido la anterior tarde. 
Ahora se encontraba en su nueva casa, un enorme y bonito local construido en aquel pueblecito perdido entre montañas. Habían partido temprano, él y Brian en el Volvo rojo, Victoria y Charl en el TT, con miles de  cosas en el maletero y en los asientos traseros. 
Max se desperezó y se levantó costosamente, sintió como todas las partes de su cuerpo crujían, quejándose.  El olor a tostadas con mantequilla se olía desde donde él se encontraba, y su estómago rugía pidiendo comida. La voz de Charl salía de la cocina y Vicky reía, sentada seguramente en una silla de madera. 
"Aquí estamos" y dando un paso hacia delante se adentró en la cocina.

Edito entrada: Por los cien seguidores no voy a hacer ningún concurso, aunque me gustaría que enviaseis vuestro propio marcapáginas diseñado a globosagua@gmail.com
Animaos y hacedlo. Pueden ser dibujos vuestros, fotos retocadas, o lo que queráis que tenga que ver con este blog (globos, letras, esperanza...) tenéis hasta noviembre para hacerlo, a medida que vaya recibiendo iré poniéndolos en el blog para que los descarguéis y los imprimáis.  Tened por seguro que si me los mandáis saldrán, y que no dejaré ninguno en "la retaguardia". 
¡Vamos! Recordad, hasta noviembre.

27 ago. 2010

Ni en el blanco de los ojos (5)

Dani tiene un padre del que se siente orgulloso. No es rico, no tiene fama y ni siquiera ha salido nunca en la televisión. Algunos niños de su clase se ríen de él a carcajadas y le dicen que se deje de tonterías y de presumir de algo que es penoso. Hay veces que Dani se tiene que morder el labio inferior para no llorar e impedir que las lágrimas broten de sus ojos. Su padre ha llorado muchas veces, a escondidas, porque no quiere que la gente le vea frágil e impotente, pero su hijo se asoma por la rendija de la puerta sin que él se de cuenta y lo ve casi todas las noches. Allí solo, tirado en la cama como un niño pequeño que no sabe más que patalear.
Al principio, cuando las cosas acababa de suceder, todo el mundo los miraba con respeto y agachaba la vista como si les diera miedo mirar aquellos ojos llenos de dolor. De repente los profesores, los niños y muchas personas que apenas conocía se volcaron con él y le dieron ánimos falsos de los que pronto se olvidaron. Ahora él no es más que un niño que estudia en un colegio como todos los demás.
Su padre se desahoga con lágrimas y él lo hace a través de versos y párrafos en las servilletas de los hostales en los que duermen. 
Y si ya no nos queda nada dime porque te fuiste,
ahora somos dos sombras en lo oscuro de la noche...
Solos, sin nada, caminando sobre el barro de la lluvia de un ayer lejano.
Deja que cuente estrellas como lo hacíamos los dos
una, dos, tres, cuatro... y tengo la esperanza
la vana esperanza... de que tú seas una de ellas
mamá.

Álvaro tiene un padre del que está más que harto. Cada año, por su cumpleaños, le hace regalos que él ni siquiera quiere. Por su doceavo cumpleaños le regaló un coche teledirigido color rojo... ¡Color rojo! Y mira que le dijo veces que lo quería azul. Pero es que a Álvaro nadie le hace caso. Su madre anda de aquí para allá, siempre liada, con miles de trabajos por delante. Está en Dublín, en Edimburgo, en Kyoto, en Pekín, en Tolouse, en Roma, en Venecia o en Washington... pero nunca en casa. Era el día de la madre y ni siquiera le pudo dar el regalo que le había comprado. 
Sus amigos y compañeros le miran con envidia. Vive en una bonita mansión a las afueras de la ciudad y va al colegio en un perfecto coche caro que todo el mundo se queda mirando. Álvaro sueña algunas noches que del coche sale su padre y le lleva al colegio. Como todas las mañanas el que sale del coche es Roger, el mayordomo tan viejo y tan clásico que es más padre que el de verdad. 
Las mañanas del sábado hace fiestas en su casa e invita a todos los niños populares de la clase. Están siempre Anton, Claudia, Cristina... y el ego de cada uno les acompaña. 
- Esta es mi casa-explica-el cuarto está en la tercera planta y se puede subir en ascensor. 
No hacen falta más de dos segundos para que todo el mundo esté dándole a los botones de este y subiendo y bajando. 
Pero a Álvaro nada de esto le hace feliz, no todo lo feliz que desearía estar. Por eso exige, exige tanto. Por eso pide siempre cosas caras que después no usa u obliga a sus padres a apuntarle a deportes que deja en pocos meses. Y en realidad le daba igual que el coche fuera rojo o azul, o amarillo o blanco... solo quería que él y su padre fueran juntos a comprarlo. 
Pero él nunca entró en la tienda de juguetes, y al final fue Roger quien lo encargó para que se lo trajeran a casa.

25 ago. 2010

Ni en el blanco de los ojos (4)

Yo soy como tú, aunque no te des cuenta...ambos somos lo mismo, pero también somos diferentes. Nos unen muchas cosas y nos separan otras, pero no por eso yo soy peor y tú mejor, pero no por eso yo tengo menos derecho que tú, menos vida, menos elecciones... 

Carla era de esas mujeres que siempre llevaban un cigarrillo entre el dedo índice y el corazón. Por costumbre tenía el cinturón desabrochado y unos pantalones vaqueros a los que se empeñaba en llamar Jeans. Su archivador estaba repleto de dibujos que ella misma hacía y que después solía pegar por las paredes de su apartamento compartido. Llevaba el pelo suelto, apenas sujeto por una enorme cinta roja que le caía por el hombro y se fundía con las camisas de manga corta llena de estampados superfluos. Cuando entraba en la universidad no se molestaba en mirar a nadie, solamente caminaba erguida y recta, sin titubeos ni temores. 
Por las tardes se reunía con Molly en el café y hablaban. 
- No seré un jarrón caro en una casa pija, amor-y daba una calada a su cigarro-nací en una familia con dinero y no permitiré que mi carrera sea la de florero perfecto. 
Casi nadie la apoyaba y todo el mundo la miraba por encima del hombro ¿Pero sabéis qué?
Lo consiguió. 
Ahora trabaja de profesora en un colegio a las afueras de la ciudad. Algunos dicen que es feliz, otros que es una amargada. A ella le dan igual los comentarios.

Raúl llega del trabajo tarde, por eso todos dicen que es un buen padre de familia. Tiene una hija de ojos color del mar y un niño casi perfecto. Su mujer lo espera por las noches con un pijama de lino que él le compró por su cuarto aniversario de casados. Ambos cenan junto a la ventana, pero ni uno ni otro giran la cabeza para admirar la inmensidad de la luna, la luz y el alo perfecto que hace que la oscuridad se convierta en magia. Se levanta temprano, coge su maletín oscuro, de esos que solamente son capaces de transportar cosas importantes, y sale por la puerta después de darle un beso a su mujer. Ella le despide sonriente y se vuelve a acostar. Poco después lleva a los niños al colegio. Una vez los deja en la puerta corre hacia el supermercado y compra pan, leche, huevos y patatas para hacer una tortilla. Carga con las bolsas hasta su casa y se mete en la cocina. Coge la plancha y baja del primer piso montones de ropa que han quedado acumuladas encima de la cama. Son las doce de la mañana cuando hace la cama de los niños y la suya propia, se agacha y le duele la espalda. Baldea el patio, friega las baldosas del pasillo y riega las plantas de la azotea. Prepara la comida para los niños mientras hace una llamada de teléfono a su marido, que se ha dejado la cartera en casa. 
- Ven tú a traérmela-le dice.
- Cariño, que estoy muy ocupada y los niños van a salir ya. 
- Encima... no digas chorradas. Tú allí en casa y yo trabajando aquí que ya no puedo más.
Unos segundos de silencio y el teléfono está colgado.
Pi. Pi. Pi. Pi. Es lo único que se escucha.

24 ago. 2010

Ni en el blanco de los ojos (3)

Nora Wells es una viejita que siempre está sentada a la puerta de la chocolatería las tardes de invierno. Lleva por abrigo una toquilla que ella misma se ha cosido y se mece sin prisas, hacia adelante, hacia atrás... Hace punto mientras inventa vidas. Aquel hombre que pasa corriendo seguro que tiene prisas porque llega tarde al trabajo. Su mujer no le ha despertado de la siesta debido a que ayer tuvieron una pequeña discusión y andan bastante enfadados. Su hija había llegado después de un largo viaje a Nueva York (cosas del negocio) y fue la que lo despertó. 
Aquella de las enormes gafas de sol es una pija arruinada. Se gastó todo el dinero que tenía en una enorme mansión a las afueras de la ciudad y en chalecos de pieles que resultaron ser falsas. Le gustaría comprarse un buen coche para no tener que ir caminando a todos lados, pero apenas le queda para sobrevivir al día a día. 
Cuando termina el jersey para su hija se levanta sin ayuda y se encamina hacia su casa. Sube las escaleras y ve como el sol se empieza a poner. Un bonito atardecer desde la ventana de su dormitorio mientras alguien toca el piano en el piso de abajo.
Mi, do, re, sol, la, do...
Sin prisas, con pausa.

Jessica Swan tiene un buen trabajo de abogada en el centro de la capital. Entre sus idas y venidas ha conocido a un muchacho cuyo nombre se le viene cada dos por tres a la cabeza. Llega del trabajo a las dos de la tarde, deja las llaves sobre la mesa que hay junto a la puerta de entrada y se tumba en el sofá a descansar. No es capaz de estar relajada más de diez minutos por lo que cuando el reloj da la y diez se levanta como un resorte y se pone a dar vueltas por la casa. Son las cinco y cuarto de la tarde cuando entra en su estudio y empieza a remover papeles y archivadores. Se sienta en la silla, se cruza de piernas y muerde la punta del bolígrafo con ansias. Poco después empieza a escribir. Toca el reloj las siete en punto y el ordenador acaba de encenderse. Se oye la musiquita de bienvenida por todo lo alto y después solamente acompaña al silencio el pulsar de las teclas. 
Lo que Jessica no tiene planeado es que a las nueve esa noche tiene una cita en un hotel romántico de cinco tenedores ¿Será por eso por lo que está tan nerviosa? 
A las ocho menos cuarto es cuando se relaja. Baja las escaleras enfundada en sus zapatillas de estar por casa y cierra los ojos. Alza las manos y empieza a tocar el piano. 
Mi, do, re, sol, la, do...
Sin prisas, con pausa.

20 ago. 2010

Ni en el blanco de los ojos (2)

Jacob es judío. Guarda debajo de la cama un libro que contiene palabras extrañas y que jamás ha leído. Su padre lo lee siempre al despertar y dice que le ayuda a empezar el nuevo día. Él lo ha intentado varias veces, pero las palabras son tan pesadas y difíciles que sus ojos se cierran poco a poco y el sueño le juega malas pasadas.
A media mañana cierra la ventana de la buhardilla y empieza a recitar la lección de cada martes convirtiéndolo en una rutina diaria. El verano y el invierno pasan para él como trenes que se pierden en el horizonte poco a poco. La oscuridad le rodea y hace que se sienta ciego a veces y sin saber hacia donde debe de ir.
Algunas noches, cuando oyen ruidos extraños allá fuera deben dejar de cenar y esconderse rápido debajo de la cama. Quietos, muy quietos... y saldrán después de que el ruido se haya silenciado, solo después de estar seguros.
Es Mier la que les da la comida. No tiene más que abrir el armario y la pequeña puerta cuadrada por la que se cabe a rastras.
Jacob es judío. Lleva sin ver la luz del sol más de dos años.

María es atea, pese a que sus padres digan siempre lo contrario. Guarda debajo de la cama un libro que contiene textos vulgares e ideas fantasiosas e imposibles. Su padre no lee nada al despertar porque dice que no quiere estresarse nada más empezar un nuevo día. Ella, en cambio, debe leer siempre algo... sino los ojos se les cierran poco a poco y el sueño le juega malas pasadas.
A media mañana se toma el bocadillo y sale al recreo. Poco después tendrá que presentarse a un examen de matemáticas para el que apenas ha estudiado. El verano y el invierno son estaciones siempre deseadas. La luz le da en la cara y hace que a veces parezca que ha ido a la playa.
Algunas noches, cuando oye ruidos extraños allá fuera cierran las ventanas y el silencio se apodera de nuevo de la habitación. Cuando terminan de cenar ella se va a la cama a leer un buen libro con una tenue luz de fondo y sus padres se acuestan en el sofá a ver la televisión.
Es Matilda la que les da la comida. No tiene más que abrir la nevera y dejar carne, pescado y fruta para la mañana siguiente.
María es atea. La luz del sol la despierta cada mañana.

16 ago. 2010

Ni en el blanco de los ojos (1)

Said tiene una sonrisa de oreja a oreja como su nombre indica. El alba le sorprende cada mañana sacando cubos de agua del pozo y cuando ve el sol salir un carcajada escapa de él. Su hermana llora a su espalda, él después llega a casa y tiende la camisa para que se vaya el sudor, las lágrimas y la suciedad. Pero el dolor se adhiere y se adhiere y es muy difícil quitarlo. Su madre dice que hay que restregar con fuerza y con constancia. 
[El sobrevivir no es vivir.

Un alba en Afganistán es un milagro, y los que la ven siempre se sienten afortunados. Solamente algunos necios no lloran ni sonríen cuando aparece. Sus caras serías no sufren cambio alguno. La madre de Said dice que la gente no se da cuenta de lo que tiene hasta que lo pierde. Pero ella, por supuesto, no llama gente a cualquiera... porque también dice que en el mundo hay gente, gente y personas. 
Said quiere ser una persona... él solito se ha dado cuenta de que en la vida hay mucha gente y muy pocas personas, sí...
[por desgracia...

Miriam tiene lágrimas todo el día en las mejillas. El alba le sorprende cada mañana durmiendo. Hay veces que sueña con conejos rosas y otras veces lo hace con un poni. Su hermana llora, ella suelta una palabrota y su madre la calma meciéndola, después le dice que solamente es un bebé y que llora porque se ha hecho caca y porque no es capaz de hablar. Pero eso ella no lo entiende y le dice a la hermana que se calle y se vaya a freir espárragos.
[El derrochar no es vivir.

Un alba en Europa es otro día que hay que soportar, y los que la ven tienen ojeras y están estresados. Solamente algunos necios lloran y se ríen cuando aparece. Sus caras siempre sufren algo cambio, se les ilumina el rostro. La madre de Miriam dice que hay que rezar por las personas que no tienen casa, después sale de la habitación y se unta una tostada con mantequilla recién hecha. 
Miriam quiere ser una princesa... ella solita se ha dado cuenta de que si es ella la que controla a los demás siempre podrá hacer lo que le de la gana. Hay gente así en el mundo, sí...
[por desgracia...

7 jul. 2010

Siluetas en un amanecer (Relatos dedicados a imágenes IX)


Imagen de Andres Sañudo.

No somos más que dos personas en un
mundo cualquiera que
nos preguntamos el porqué de
nuestra mera existencia.
Ahora me ves y no recuerda nada de lo que nos sucedió. Ahora me ves y ni siquiera te preguntas que fue lo que pudo suceder en aquel remoto y pasado viaje a África. Yo, en cambio, cada vez que diviso tus ojos, tu agonía, tus nervios y tus ganas, regreso a un pasado que nunca querré olvidar.
Aquel cielo sin estrellas, sobre árboles muertos
y rancios, apunto de caer en una hierba
mustia y francamente inexistente
Sobrevolamos jirafas con manchas marrones, de cuerpos esbeltos y cuellos altos. Sobrevolamos jardines inventados que nuestros ojos no son capaces de ver. También rinocerontes, leones que gritan ¡libertad! en forma de un rugido infernal y temerario. Al menos es eso lo que imaginamos.
Y me encuentro de tu mano
observando un paisaje que probablemente
no vaya a volver a ver
jamás.

29 jun. 2010

Solos en el silencio (Relatos dedicados a imágenes VIII)


Navegamos por un mundo de estrellas que alumbran la oscuridad. Contenemos la respiración, flotamos. Tus mejillas sonrojadas destacan incluso detrás del cristal, cubierto de vaho. No soy capaz de fijarme en la vía láctea, solamente en tus ojos azules iguales que el infinito y tu respiración acompasada a los latidos de mi corazón.
De repente me parece que no hay nada que me ate al mundo. En la oscuridad de una noche perpetua, patente ante mí, cierro los ojos. El brillo de las estrellas desaparece. Floto en el silencio.
Y me veo a mí, y a ti, rodeados de miles de estrellas, con el planeta tierra al fondo, dentro de la composición del cuadro de la vida.

22 jun. 2010

Cosas en el cielo


Una lámpara, cuya luz cae y cae, alumbrando la noche perdida en medio del océano.
Un sofá. Flotando en el aire, mecido por nubes blancas sin agua, sin lluvia, sin malos presagios.
Una guitarra, que lanza acordes desafinados desde el azul.
Un queso (sí, un queso)... lleno de agujeros por los que se escapan suspiros de ratones grises.
Un reloj. Parado, cansado, que no quiere dar la hora, y cuyo tiempo quedó reducido a nada hace mucho tiempo.
Un libro. Abierto de par en par. Roto y diluido, de letras manchadas de agua.
Una botella. Cuyo mensaje secreto ruega que no lo lean.
Unas lágrimas. Que caen, impulsadas por el viento, atraídas por la gravedad, y se funden con el agua del océano.
Una muñequita de trapo. Que una niña engreída dejó abandonada a la orilla del mar, creyendo que era solo algodón...

... y tantas, tantas cosas...
que un día se llevó la marea.
Y no trajo de vuelta.

2009-2017. Todos los derechos reservados a Ali Alina.