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21 oct. 2017

Declaración de intenciones

Mi declaración de intenciones ¿a quién le importa?
Uno debe escribir su discurso para agradar a los demás, y así, como el discurso, la vida. Mostrar la mejor obra, las mejores intenciones, el alegato bien formado de un pensador perfecto. Pero esa no es mi verdadera declaración. Ese no es mi grito, ni mi altavoz. Porque yo no soy una cara pegada a una sonrisa ni soy un constructo elegido por Dios. Soy una inexactitud, un fantasma, una mente perdida en medio del mundo.
Mi declaración de intenciones es una bandera en blanco.
Es el desgarro de la piel y la saliva acumulada entre los dientes cuando uno quiere gritar y no puede, y es la noche solitaria y los golpes con los nudillos a la pared, y la sangre y las tensiones y los músculos agarrotados y la inexperiencia y el dolor de la soledad, de la siempre y eterna soledad, en medio de un bullicio de gente que ni sabe de ti ni quiere.
Mi bandera en blanco son todas las banderas de la gente que no tiene. De la ausencia de patria, del caminar sonámbulo. De la constante búsqueda del lugar adecuado, y del tropiezo una y otra vez, una y otra vez, hasta que andar se antoja tan difícil como pasar, mil y una fronteras de alambradas.
Mi declaración de intenciones es un ideal, que entra en el cerebro más rápido aún que una bala, y que te impulsa, con la mirada fija hacia delante, a coger tus dos ovarios y decir: yo puedo, yo puedo, yo puedo.
Yo puedo contra todo. Puedo como todas las mujeres que antes que yo, se partieron la cara y se enjugaron las lágrimas, y a las que les debo mi corte de pelo, mi sitio en esta universidad, mi derecho a leeros hoy, sin que nadie me censure, este relato.
Ellas son mi bandera. Ellas, y los huesos de las cunetas, y los megáfonos en medio de la manifestación, y la lancha cruzando entre mi tierra y la de más allá, que está solo a unos cuantos kilómetros pero parece de otro planeta. Mi bandera es el que vende pañuelos en la esquina de Feria y que todos los días, al pasar yo en bicicleta, me pregunta si estoy bien. Mi bandera es mi madre, y mi padre, luchando todos los días por mí y por mi hermana. Los que me atienden en la barra del bar, y el que, colgado del andamio, suda. El profesor que se deja la voz en la educación futura, la limpiadora que se destroza la espalda para que sus hijos tengan un plato que comer. Mi bandera es, la costurera que cose los pantalones que todos llevamos en esta sala, en Bangladesh, y que al final del día se duerme con cuatro compañeras más en un cuchitril en el que respirar da agobio, para que un par de malnacidos puedan pasearse en yate en las mismas costas donde otros mueren en pateras. Esa, es mi bandera, esa y la de la lesbiana que teme darle la mano a la persona que ama en medio de la calle, y el transexual que, mirándose delante del espejo, llora.
Porque todo esto, al final, no es más que un tiento a ciegas en medio de la habitación, de dar con el interruptor perdido de la luz, de arañar las paredes y desollarse los dedos y no encontrar ni un atisbo del encendido.
Pero es real. Este es mi discurso, esta soy yo, transparente, translúcida, y maldita sea si no es esto lo que tendría que decir, pero no sé hacerlo de otra forma.
Aunque al final, al final de todo, a punto de acabar este texto, me sigo preguntando
Mi declaración de intenciones ¿a quién le importa?

21 may. 2016

Error 432.

Inserte aquí la enumeración de mil sensaciones que al cabo de un rato llegan a los pies y rebotan hacia el cerebro.
Y del cerebro, al corazón.
(Huele a libro esa insercción).

30 abr. 2016

El placer de no llevar sujetador.

Este blog me hace darme cuenta de como pasan los años, de como paso yo. Siempre hay, al fondo, la esencia de mi misma, pero es una esencia que varía igual que lo hace mi cerebro, mi pelo o mi piel. 
Me doy cuenta, ahora (y espero seguir dándome cuenta de cosas como estas en el futuro) de todo lo que nos viene asumido. El hacer porque hay que hacer. Cosas que no varían como hace el resto del mundo. Así que he olido, al fondo del estanque, lo estático. Y me ha olido un poco mal. 
En este caso, lo que me ha cruzado por la vida ha sido el sujetador. Sonará a novela de ficción el decir "el sujetador me ha cambiado la vida". Pero es verdad. O "darme cuenta de el sujetador" me ha cambiado la vida, lo cual es bastante más acertado. 
Llevo con sujetador desde que tenía, no sé, doce años. Me empezaron a crecer los pechos, y me lo puse. Como uno se coloca la ortodoncia cuando tiene los dientes torcidos o se pone el brazo en cabestrillo cuando se lo rompe. Jamás me cuestioné si debía o no llevarlos. 
Os contaré un secreto. Algo muy tabú, que no se debería decir porque, en general, hablar de tetas en público está feo (de tetas femeninas, perdonenme la errata): tengo los pechos grandes. No es que me guste más o menos, es que es un hecho físico. Y esto, más que aportarme grandes ventajas, me fastidia bastante. Me duele la espalda, camino menos recta de lo que debiera, y sobretodo me puedo olvidar de más del cincuenta por ciento del sector de ropa. Pero vamos, que no me voy a quejar por un par de problemas de primer mundo como los modelitos que no me puedo comprar.
Sin embargo, si que me preocupaba mi salud. Cada vez que me cargaba el sujetador a la espalda, el dolor me atizaba. No soy una persona que tienda a sentir mucho dolor físico, pero la espalda me tenía muerta. No me daba un solo día de respiro. Hasta que me di cuenta de que no era mi talla de pecho. Era el sujetador. 
Pensé:
Tendré que comprarme sujetadores más buenos. Sujetadores caros. Probé de todo. Tirantas cruzadas, tirantas por delante, tirantas por detrás, de quince euros, y de cincuenta. Y nada. Más o menos dolor, días más buenos y más malos, pero siempre ahí. Y mi madre me dijo: "Si te molesta el sujetador, deja de ponertelo". ¿Qué obvio, verdad? Pues yo le contesté: "Si claro, mamá. Antes aguanto el dolor de espalda". Y ahí se quedó la cosa.
Hasta que algo me hizo click. Ya os digo. El fondo del estanque. Y me planteé ¿Por qué? ¿Por qué narices llevo sujetador? Pensé: porque me da miedo no llevarlo.
¡Miedo! ¡Miedo a no llevar sujetador! Ni que el sujetador fuese un arma nuclear. Me di cuenta de lo absurdo de mi pensamiento. No llevaba sujetador porque fuese más cómodo, o más práctico, o porque me ayudase en mi salud. Llevaba sujetador por esta serie de razones con las que sé la mayoría de mujeres se sentirán identificadas: El sujetador me ponía los pechos derechos, me realzaba la figura en la ropa. Me cubría los pezones. Impedía que las tetas me bailaran libres debajo de la ropa. Impedía las miradas. Y los juicios. 
Llevaba sujetador para el resto del mundo, y no para mí. Si sois hombres, a lo mejor no entendéis bien lo que estoy diciendo. El vacío del que se apodera el cuerpo cuando te planteas dejar de usar sujetador. ¡Madre mía, romper el pedestal inamovible! Pues lo hice.
El primer día, fatal. No fatal físicamente. Físicamente me encontraba como una reina. Fatal por la inseguridad. Fatal porque los pechos se me veían más caídos, fatal porque sentía que estaba desnuda, fatal porque se me marcaban, de vez en cuando, los pezones. Qué terror, que manera de sentirse expuesta. Y el bamboleo del pecho ¿era yo, o todo el mundo miraba como se movían mis tetas por la calle? La gente se está dando cuenta de que no llevo sujetador. Estoy segura.
Aún me estoy acostumbrando, y eso que llevo cosa de un mes. Aún no soy capaz de ir sin sujetador con ropa apretada ¡y qué alguien se apiade de mí en verano, con las blusas transparentosas y las camisetas finas! Pero lo voy a hacer. Lo voy a hacer porque llevo yendo al fisioterapeuta tres semanas, sin llevar sujetador, y ayer me lo coloqué otra vez, y me ha vuelto el dolor de espalda y los músculos pillados, y no estoy dispuesta. 
En este mes de experimentación, llevo muchas anécdotas. Amigas, compañeras, gente muy inteligente, independiente, moderna y reivindicativa que no tiene narices a dejarlo de lado. Los comentarios siempre son los mismos "es que me da vergüenza" "es que me da cosa" "yo a lo mejor lo intento, pero más adelante" o esa reinterpretación de la contestación a mi madre "pues pese a todo, yo lo voy a seguir llevando". Nunca he oído a nadie decir: "a mi me gusta llevar sujetador porque me favorece física y psicologicamente". Y tiene sentido. Porque no lo hace. 
Es curioso como estamos en un mundo que dice condenar tanto el machismo, donde escuchar "yo hago lo que dice mi novio" pone los pelos de punta, y los medios ¡el grito en el cielo! Pero después es perfectamente aceptable ser sumisa al consumo y a imposiciones de hombres como es el llevar sujetador, y nadie se escandaliza. Te das cuenta de lo lejos que estamos de estar en una sociedad igualitaria. La de verdad, no la que dicen que ya tenemos tantos inconscientes...
Cuando una se libra de las cadenas que le impone la sociedad, y remueve el estanque, el reflejo que se vuelve a formar es más nítido y está libre de mierda. Así, el no llevar sujetador me ha cambiado a mi misma, la esencia. Me ha ayudado también a quitarme del maquillaje, de la tintura del pelo, y de las falsas maneras. Porque de falsas amistades, nunca he sido.
Ah, sí. Se me olvidaba. Respecto al bamboleo de pechos... que todos los problemas del mundo sean ese tipo de bailes.

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