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La barriga del monstruo.

El reloj hace tic tac en medio de la noche. Y en la ventana, amenaza con aparecer un monstruo. Las sábanas a la altura de los ojos, la respiración silenciosa, el foco de brillo tembloroso en el borde de la cuenca de los ojos. 
Se oye un crujido. Pam se acurruca entre las sabanas, le dan miedo los dedos por encima de la tela, al borde del peligro, lejos de la seguridad cálida de los huecos de la cama. Ya no respira. Espera atenta la próxima señal. Siente que le araña la garganta, pero es más por el miedo que por el monstruo. 
Ay. No sabe si cerrar los ojos o dejarlos abiertos, porque el corazón le bombea igual de rápido de las dos formas. 
-Papá. 
Pam tiene miedo. El monstruo va a aparecer por la ventana, y se la va a comer con patatas fritas, y tendrá que vivir en la barriga del monstruo, y no quiere. 
Se oyen unos pasos por el pasillo. Y entra. La silueta. En la habitación. Pero Pam no le tiene miedo a la silueta. Porque es grande y fuerte y puede con todos los mostruos del mundo. 
-¿Qué te pasa?
-Tengo miedo.
La silueta se acuesta con Pam, y en su calidez, en el hueco que hacen sus grandes hombros, en los que cabe ella entera, cierra los ojos y se queda dormida. 
El monstruo mira por la ventana enfadado. Contra papá no puede hacer nada.
-Maldita sea -exclama -Con lo rica que parecía.

que también es una mujer digna de mil cuentos.

Amor debajo del de Olimpo.


 Pam se había enamorado de su rostro porque había conocido lo que había dentro de él.
Y si no descubría sus terminaciones nerviosas detrás, la fibrosidad de los músculos en las mandibulas, la manera en la que hablaba, lo que expresaba en las palabras seseantes como serpientes, la magia de los ojos de Apolo perdía su sentido.

Porque no era el rostro de Apolo sin su personalidad. 
Sin eso, dejaba de ser Dios y se convertía en humano.
(la imagen es de mi propiedad, así como los textos). 

Cuantas cosas ha pasado Pam ¿verdad? 


Uno.

Mejor
tenerle miedo a la soledad,
que a las personas
-me dijo.

Dijo el Principito.

-Cada vez
hay 
menos
boas 
y más
sombreros.

El arquero de las calles de Nueva York.

Tenía los ojos grises de su madre, aunque no la conocía. Corría más rápido que mil y un leopardos, pero no por ello había escapado de las garras de la policía, -las sirenas de fondo como banda sonora de su vida-. En la cárcel estuvo dos veces, encerrado entre cuatro paredes frías como el hielo y oscuras como la noche, con la cabeza gacha, los codos sobre las rodillas y las manos hundidas en el pelo azabache. Le llamaban Robin Hood. Vestía camisetas de segunda mano y robaba manzanas en el mercado. Manzanas y pan y gorras y dinero de la caja. No había piedad en su mirada, pues más de una vez le habían partido el labio inferior por dudar de sus enemigos, ni inocencia en su cuerpo, elástico y lleno de heridas. Ayudaba a aquel que lo necesitara, al menos hasta que lo cogieron por tercera vez y lo plantaron frente al jurado. (Ahora, espera su sentencia).

Es invierno en el bosque.

Cuando era pequeña, mi abuela me contaba las historias del corazón del bosque. Nos sentábamos a la lumbre de la chimenea, con una manta hecha de retazos de telas perdidas y un chocolate caliente en las manos, y nos mirábamos a los ojos llenas de ilusión.
La abuela me hablaba de los monstruos que se escondían en lo alto de los árboles, de duendes que buceaban entre la nieve a la espera de encontrar diamantes perdidos y de hadas que agitaban varitas para cambiar estaciones. A veces le asaltaban ataques de tos y paraba el relato (quedaban congelados valientes muchachitos que se adentraban en la espesura con linternas y osos saltando en el aire para atrapar a sus presas), pero después proseguía y yo me perdía entre aquellas hojas de laurel que perfumaban la estancia.
Tras la ventana, muñecos de nieve nos escuchaban.

La coraza de cristal de la princesa Katapúm!

Yo conozco a una princesa que se llama Katapúm!, pero que ni es guapa, ni joven, ni rica ni nada. Y como no es nada, Katapúm! no recibe peticiones de matrimonio, ni va a rescatarla a su castillo príncipes rubios, altos y apuestos. Por ello, la princesa se ha formado una coraza de cristal y se ha escondido allí para que los que se asomen por su morada no puedan verla. Pero su escudo, cómo ella, es transparente y frágil, aunque no quiere darse cuenta, así que ha decidido que no va a tenerle miedo a nada. Cuando se asoma a la ventana y ve todos los bosques y las montañas que se extienden a su alrededor sueña con atravesarlos, y ni siquiera un estremecimiento le recorre la espalda porque, en su lecho de cuatro paredes, ha aprendido a ser valiente.
Katapúm! la invencible, la llamaban, hasta que un día llegó una cabellera oscura, unos ojos grises y una sonrisa perfecta y lo cambiaron todo en dos minutos. En solo dos minutos. 
(Como podéis imaginar, de la coraza de cristal no quedaron más que restos). 

Las ansias de libertad del petirrojo.

Érase una vez un pájaro y una princesa que no se separaban jamás. Ella le había comprado una jaula, pero el petirrojo tenía tantas ansias de libertad que pronto empezó a enfermar, dejó de comer y ya ni siquiera cantaba. No se oían sus notas musicales en ninguna parte del enorme castillo, y a cada día que pasaba la muchacha empezó a entristecer también, porque sin aquella musica que llenaban de alegría las estancias su casa se convertía solo en roca oscura y fría. 
Así que una tarde, y después de mucho pensar, la princesa decidió que dejaría al pájaro libre, con la vana esperanza de que no marchara. Pero como todos los animales, el petirrojo dio varios saltos, aún sin creer su suerte, abrió las alas y, como si acabara de despertar de un sueño, emprendió el vuelo y desapareció entre las nubes de aquella mañana azul. 
(Y en vez de un fueron felices y comieron perdices, la princesa 
se tuvo que contentar con el final de una historia real). 

De dragones y espadas.

Adiós a los dragones y a las espadas, a las armaduras y a las guerras. Adiós a los juramentos, a los castillos, a los corceles blancos, a las historias de hadas,  a los bosques encantados, a las torres inescalables, a los unicornios y a los pegasos, a los matrimonios concertados y a los impuestos de un rey malvado. Adiós a aldeas en llamas, a besos dormidos, a misiones de rescate, a combates de vida o muerte y a historias encantadas. 
Adiós a todo por ti, bella princesa olvidada.

El saxofón de Rouge.

"¿Pero quién diablos es Rouge?" Le pregunté a mi profesora de Lengua como si ella pudiese tener las respuestas. Estaba sentada en la mesa, las gafas caídas hasta la punta de la nariz, encorvada sobre aquella típica silla verde y pequeña. Dejó de escribir y me miró como quien ve a alguien que está preguntándole cuanto son uno más uno.
"¿Diablos?" me dijo, pronunciando cada letra como si fuese a exhalar su último suspiro tras ellas "Está usted delante de una profesora, señorita".
¡Pero que profesora! Quise decirle. Sabía hasta de los temas que estaban escondidos debajo de las piedras. "¿Pero sabe usted quién es o no?" Casi exigí, sabiendo que mi impaciencia pronto acabaría conmigo.
"¿Rouge? Claro que sé quien es Rouge. No saber de ella me parece una verdadera blasfemia". Hablaba como se tratara de una religión y, en un momento dado de la conversación, llegué a pensar que era fetichista de humanas.
"Pues espero que me pueda usted contar su historia".
Y me la contó, tanto que me la contó. Rouge y su saxofón con el que tocaba por las calles y despertaba, como una paradoja, los sueños de aquellos que la escuchaban. Ella y sus mentiras, y sus coqueterías con el mozo de la esquina, y el perro blanco (cómo un Milou) que llevaba a todas partes y que la defendía. 
Allí sentada, en aquella clase media hora antes del recreo, con alumnos haciendo una lista interminable de actividades, desmenuzó cada uno de sus días, cada gesto y cada sonrisa, y me mostró a Rouge en todo su esplendor.
A Rouge y a su saxofón, 
que de olvidarlo me catearía

Después de dos semanas without inspiración vengo con un
 relato  ameno y divertido que espero que disfrutéis. 

Las buenas historias (no) tienen final.

Mario era mudo. Quería expresar todo lo que sentía, pero como no podía con la boca lo hizo con la mano. De ella las letras salían despedidas, soltaban tinta y derrapaban al final del papel. Mario escribía con la esperanza de que algún día alguien le leyera, pero sus historias nunca tenían final y se quedaban abandonadas en el cajón con motas de polvo como chaqueta. Una tarde, cuando estaba a punto de perder la esperanza, Mario se montó en el tren de vuelta a casa y escuchó la voz de una chica un poco más atrás. 
"Pues a mi no me gustan las historias de Tom, nadie sería capaz de creer en ellas con esos perfectos finales de cuento de hadas. Eso es lo que tienen los buenos autores, te hacen creer que lo que lees puede ocurrirte en cualquier momento, aunque sea tremendamente irreal. No, definitivamente no me gustan sus historias, en la realidad, las buenas nunca tienen final".

Espiar horizontes abrazados.

"Lo que me conmueve tanto en este principito dormido es su 
fidelidad a una flor, la imagen de una rosa que resplandece en
él como la llama de una lámpara, incluso cuando duerme"
Y lo adivinaba aún más frágil. Hay que proteger bien a las 
lámparas; una ráfaga de viento puede apagarlas...
Le Petit Prince, Antoine De Saint-Exupery

Se han quedado bajo la cama tus sonrisas imperfectas, tus ojos azabaches, tus manos largas de pianista, el sonido de tu voz serena, tu frágil estructura de huesos y carne, el hablar con las estrellas -Orión en las noches de verano- , las lágrimas saladas que se confundían con el océano, espiar horizontes abrazados, las galletas de chocolate en los bolsillos de la chaqueta, el vestido rojo para los atardeceres y el azul para un solo amanecer. 
Ahora que te has ido, ahora que tu vacío late en mi sien, me doy cuenta de que es verdad, que me rescataste de mi mundo de penas y me llevaste a un lugar, incluso, más allá de la segunda estrella a la derecha, de que sin ti no soy nada y de que cuando me decías: cuando desaparezca, me olvidarás, no estabas en lo correcto. 
¿Ves? Estaba tan enamorado de ti que conservo todos y cada uno de tus recuerdos

Babedú no era gris.

Cuando Raquel estaba sola, cuando no le gustaba la compañía o cuando le reñían siempre dejaba salir a Babedú. Era como su parte fuerte, su otro nombre. Una chica atrevida, infatigable, que cruzaba abismos de un salto, se enfrentaba a dragones de nueve cabezas y no le tenía miedo a nada. Una chica sin gris.
Raquel se sentaba en una esquinita, cerraba los ojos, abría la mente y se imaginaba una escena digna de cualquier novela de aventuras en la que ella era la protagonista. Era su forma de aislarse de aquello que no podía soportar. Así, cuando los mayores la veían distraída, siempre decían: ¡ay esta niña, todo el día pensando en las musarañas! Pero no. Pensaba en Babedú, que no tenía nada que ver con las musarañas y además era mucho más bonita.
A ella todo el mundo le hacía caso. Era una heroína. Cada vez que regresaba de una misión imposible la aclamaban, envidiaban y deseaban. ¡Viva Babedú!¡Viva Babedú! Gritaban manteándola y llenos de sonrisas.
Pero Raquel tenía que regresar a la realidad, y entonces todo su mundo desaparecía y volvía a ver de nuevo la cara de su primo llena de granos, sentía los insoportables pellizcos de su tío en las mejillas y las riñas de sus padres por estar todo el día en las nubes. Al menos. Pensaba Raquel en esos momentos. Aún puedo regresar con Babedú y seguir viviendo sus infinitas historias.


El blog va a alcanzar los 1.200 
seguidores dentro de poquísimo 
y he hecho un vídeo de 
agradecimiento que  espero 
que podáis ver. Una vez más
MILES DE GRACIAS.


Como un pirata de verdad.

Hacía maquetas de barcos pero no las encerraba en botellas de cristal
Soñaba con convertirse en navegante de mares, en corsario o solo, si no le quedaban más opciones, en pirata. Tenía un mapa de navegación que había hecho con su compás de las clases de plástica y papeles pintado con acuarelas color marrón, para asemejarse más a los pergaminos que ellos utilizaban. Le gustaba quemar los bordes y dejarlos secar en un rincón de la azotea, con las pinzas de plástico de mamá. 
Cuarenta años después, una tarde de trabajo en casa, de componer historias de barcos -para rellenar ese hueco de las ilusiones que nunca se habían cumplido-, pasaron ante su ventana dos niños con pañuelos en el pelo, un barco pirata de juguete y dos papeles pintados de marrón con acuarelas.
Y le hizo tanta ilusión, y volvieron tantos recuerdos, que salió ya para todos viejo y maltrecho y empezó a jugar junto a ellos sin reparar en edades ni en tiempo.
Después de tantos años, aún Neptuno le recuerda.

Lady Margot (princesa del cuento real)

Ya está aquí la revista número uno de Lubdub, donde participo. Echadle un vistazo

Eran Lady Margot sus vestidos largos y ajustados, sus paseos a las seis de la mañana por las avenidas de la ciudad, pagar a los taxis en monedas de 20, construir castillos de cartas en los que no se podía ni respirar. La sonrisa sobre el mar en abril, en mayo, en septiembre y a las doce del domingo. Sus días favoritos eran los martes trece y su número, el siete. 
Conocían a Margot por muchas cosas, pero nadie se olvidaba de sus historias. Hablaba con cualquiera, era mundos inventados para cada persona. Había asimilado miles de vidas y las guardaba todas en archivos desordenados dentro de su cabeza. Si quería soñar, adicta a los Coca Colas y a los ojos verdes, dibujante de recuerdos o acompañante de Quijotes. Si quería ligar, modelo en pasarelas que habían pasado de moda, soltera sin hijos y deseosa de besar, suelta de manos y libre de palabras. Otras veces ejercía de ejecutiva en la gran empresa de Charls, cuidadora de enfermos en un hospital, profesora de infantil y de baberos ensuciados, química de sentimientos y filósofa de historias que aún había que contar. 
Eran Lady Margot ella y sus sonrisas, una princesa en medio de la ciudad, única. Decía inventarse todas sus historias, pero lo cierto era que siempre, siempre, se le colaba alguna realidad. 

Nos quedan dos horas para terminar de soñar

Encima del escritorio hay dos chocolatinas que ni tú ni yo nos hemos tomado. Tienes los ojos cerrados y te toco el pelo (mechones color escarlata). 
Teddy a los pies de la cama, sobre el baúl donde guardas trajes de princesa y cuentos preciosos llenos de letras entintadas y de corazones que no se rompen. Un cuadro que ninguno de los dos hemos pintado pero que refleja lo que sentimos y lo que tenemos a la perfección. Hay una libreta con flores rojas en la portada en la que ayer te escribí unos versos de Antonio Machado que te encantaron. 
Una conversación de hace varios años:
- ¿Has tomado el sol con colador?
- No. ¿Por qué lo dices?
- Porque quiero saber como aparecieron esas pecas que tanto me encantan. 

Hay un (pequeño) monstruo debajo de la cama.

Pablo le tenía miedo a los monstruos tanto como a las arañas. Por la noches, cuando la oscuridad se cernía en el lugar y lo poblaba todo, se acurrucaba debajo de las mantas y cerraba los ojos, fuerte, muy fuerte, hasta que se quedaba dormido y se olvidaba de todo. Había veces que se metía en la cama de su hermana pequeña para no sentirse solo y siempre, aunque fuese verano, se tapaba con la sábana hasta las orejas, como si de aquella forma nada ni nadie pudiese atacarle. 
En las noches de Halloween, sus amigos contaban historias de miedo que él no era capaz de escuchar. Entraba en el cuarto de baño y se sentaba sobre la tapa, esperaba unos minutos y volvía a salir, a la espera de que el relato hubiese finalizado. 
Sin embargo, llegó la noche en la que Pablo registró debajo de la cama y se encontró a un monstruo pequeño que cabía justo en la palma de la mano. Era color canela  y, más que dar miedo, hacía gracia con aquellos dientes mellados y la cola peluda llena de polvo. 
Desde que Pablo se encontró a aquel monstruo ha dejado de tener miedo. Ahora sabe que, cuando sienta que le observan, solamente tendrá que cerrar los ojos -fuerte, muy fuerte- e imaginárselo como le de la gana. Y... ¿Quién sabe? a lo mejor incluso ha llegado a hacerse amigo de alguno.

Problema de aviso solucionado ;)
Por cierto, vinieron los Reyes Magos.
+ información en esta entrada de

El eco rebotando en las montañas...

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Eras un príncipe travieso y yo la princesa de pelo corto encerrada en la torre. Vestías de verde y yo de rojo, porque nos gustaba llevar la contraria. Yo había roto mi corona y con los diamantes había creado figuras color malva. Tú no venías a rescatarme en la noche ni trepabas por las enredaderas que ascendían hacia arriba a un ritmo vertiginoso. 
Nos gustaba cenar mirándonos a distancia, 
mandarnos besos que el viento se llevaba.
Gritarnos y oir el eco
rebotar contra las montañas.
No había calabaza ni zapatos de cristal, no había campanadas que rompían los sueños ni trenzas largas y rubias. Estábamos solo tú y yo, sin nada. Y cuando quisiese saltaría sin pensarlo, sin meditar, para que tus brazos me acogiesen y tus caricias se convirtiesen en parte de esta realidad. 

Cuentos (y conejos en chisteras negras).

Eran las doce de la noche.

Sin zapato de cristal.
Sin carroza de calabazas.
Sin mayordomos y con zapatillas de esparto.
Lluvia en el cielo gris y luna oculta tras nubes. 
Árboles torcidos por el viento y luciérnagas en las aceras.
Hojas podridas acumuladas en el suelo.
Las diez y cuarto en el reloj atrasado.
Un viejo en el puente.
Caramelos de Hansel y Gretel. 
Lobos y casitas de madera. 
Luces de farolas encendidas.
Fotografías colgadas por un hilo en ramas.
Globos llenos de helio.
Estrellas fugaces que se escapan.
Sirenas que no saben cantar.
Una caperuza roja manchada de barro.
Sonrisas.

Eran las doce de la noche.
(Peter Pan volando a lo lejos).


Erase una vez...


Erase una vez una niña justito al lado de su cama. Erase una vez una niña que solamente sabía escribir anáforas sin sentido, metonimias sin reglas y sin ganas de nada. Erase una vez una niña que suspira con los globos escurridizos, que huían hacia el cielo de manos pequeñas que los asfixiaban. Erase una vez una niña que lloraba sin que nadie entendiera porque lo hacía. Erase una vez una niña que escribía cosas filosóficas y absurdas que tenía en la cabeza sobre una libretita rosa que le parecía tonta.
Y se quedó con sus pensamientos en la mano.
Sin nadie que fuese capaz de entenderlos.

2009-2016. Todos los derechos reservados a Alicia Alina.